Vivimos rodeados de conversaciones que en realidad son monólogos superpuestos. Cada quien espera su turno para hablar y muy pocos escuchan de verdad.
Escuchar con atención exige detener la propia agenda por unos minutos. Es un acto de generosidad y, al mismo tiempo, la fuente más confiable de información que tenemos sobre las personas con las que trabajamos y vivimos.
Propongo un ejercicio sencillo: en tu próxima conversación importante, no interrumpas ni una sola vez. Escucha hasta el final, y recién entonces responde.



